Más allá del beso de las buenas noches, en los confines del aquí y el ahora, cuando te quedas dormido, cuando ya no puedes oírme, vuelvo a susurrar que te amo.
Acaricio suavemente tu espalda para no despertarte, te cuento cosas que no suelo decirte, quito el candado que encierra mis miedos, desencadeno mi alma y le permito, por fin, mostrar esa vulnerabilidad que me provoca amarte tanto,tanto, tanto.
Hay un rinconcito que me refugia, me entibia, me acuna.
Un rincón que me da paz y seguridad.
Dónde a veces me siento princesa,
donde siempre me siento mujer.
Un lugar donde no le temo a nada
y en donde me gusta perderme
hasta el amanecer.
Y se levanta el muro alto, alto. Hileras de ladrillos fríos que me van dejando de este lado de la soledad.
Quiero gritar fuerte, pero se me cierra la garganta. Ya no tengo voz. Una hilera y otra más.
Y miro desolada a esos ojos que no me ven. Una hilera de ladrillos del olvido y otra más.
De aquel lado se quedaron todas esas pequeñas cosas que hacían vivir mis flores. Se me marchitan las hojitas, los pétalos. Riégame el corazón.
No te vayas a nuevos jardines. Tira abajo ese muro, no lo sigas levantando, pienso. De este lado hay tanto por lo que luchar.
Pero ya no me ve.
Una hilera y otra más.
Verano de golondrinas que llegan y se van.